domingo, 19 de abril de 2009

ÁNGELES


Localizar un ángel es una misión ardua. Nada sencilla. Un cometido que obliga a arrojar por la borda los estereotipos que nos ocultan las alas. Y, ay, amigo mío, compartimos una sociedad mercantilista donde todo lleva su etiqueta. Ponerla es fácil. Clic, clic. Un doble guiño de ojos y definimos a las personas con un adjetivo.
Etiquetas que se adhieren con fuerza al ser humano y que luego resulta complicado sacárselas de encima. Pegatinas que, como los precios de los regalos de reyes, al levantarlas dejan el feo rastro del pegamento. Son los inexplorados vericuetos del pensamiento. Aunque la voluntad sea buena, los prejuicios al disolverse suelen dejar grumos como lo hace el Cola-Cao. Pequeñas ideas preconcebidas que nos quedan flotando para siempre en la memoria. Que nos impiden adivinar la forma de las alas.
Es la propia vida quien se empeña en sorprendernos y coloca las alas donde menos te lo esperas. Se me antoja imaginar que los ángeles, como el resto de las aves del paraíso, seguramente hacen acto de presencia en formatos diferentes.
¿Quién habría podido adivinarlo?.
¿Cómo podría uno pues, con esos datos, albergar la sospecha de que algunos ángeles nunca tuvieron a nadie a su lado para compartir las dudas? Ángeles que en su pasado largo, tan largo, extraordinariamente largo, nunca tuvieron la suerte de recibir una muestra de cariño. Seres marcados por la A mayúscula de A los que hirió el amós. De A los que jamás naide les dio un beso. Ángeles que se han sentido incoloros, como el acero del vidrio. Ignorados, como un cerdo a la izquierda.
Guillermo Fesser

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